Un piloto para un amigo

Un piloto para un amigo

En un cálido atardecer de septiembre, el ratoncito Jacobo corría por los campos circundantes tan rápido como le era posible. Estaba practicando para la próxima competencia escolar. Cada clase buscaba al animal más raudo. El año pasado, Jacobo no fue lo suficientemente veloz para ganar; sus competidores habían sido más grandes y fuertes, pero este año había resuelto no perder el primer puesto.

Cada año, al ganador le aguardaba un gran premio. Esta vez era un viaje. El vencedor pasaría una excitante y emocionante temporada en un campamento de tiendas de campaña con sus mejores amigos. Los ojos de Jacobo se iluminaron ante la idea de contarles a todos ellos acerca de su victoria. Hacer fogatas, jugar al escondite, contar historias de miedo por las noches… Ya imaginaba todo eso, lo que le ayudaba a correr cada vez más rápido.

Pero repentinamente se detuvo completamente falto de aliento. Frente a él, en el maizal, se alzaba un gran árbol solitario. «Parece viejo y mustio», pensó Jacobo. El árbol ya no tenía ni una sola hoja en sus ramas.

Jacobo había perdido la noción del tiempo por entero y solo ahora había notado que el sol estaba muy bajo y que lentamente el cielo estaba oscureciéndose.

«Hola, ratoncito. Estoy aquí arriba», escuchó decir a una voz profunda.

Jacobo alzó la mirada y vio, colgando de una majestuosa rama desnuda, una criatura negra que nunca había visto en su vida. La desconocida criatura extendió sus alas, haciéndola parecer aún más imponente.

—Hola —susurró Jacobo, quien ahora estaba un poco asustado—. ¿Quién eres?

—Soy Carlo. Tal parecer que nunca antes habías visto un murciélago. ¿Estoy en lo cierto? 

Jacobo asintió vigorosamente con la cabeza. «Murciélago… Nunca antes había escuchado hablar de un murciélago. Carlo, ¿por qué estiras tus patas delanteras de esa forma?», preguntó Jacobo. 

—Tú les dices patas, pero yo las llamo alas. Verás, soy un piloto y mi día comienza cuando tú te vas a dormir. Justo ahora me estoy preparando para mi viaje.

Jacobo se sentó bajo la gran rama, totalmente emocionado, y continúo preguntándole muchas más cosas a Carlo. De él aprendió que los murciélagos no necesitan sus ojos en lo absoluto cuando están en total oscuridad, que encuentran su camino usando solo sus oídos y que, durante el día, duermen en cuevas o fisuras.

Mientras Carlo le contaba sobre sus muchas aventuras y vuelos nocturnos, Jacobo escuchó a su mamá llamarlo desde lejos. Por lo visto, ella lo estaba buscando.

Carlo también lo escuchó. En lo que Jacobo se dio la vuelta apenas brevemente, escuchó un «¡Adiós!» y sólo vio una sombra oscura elevándose hacia el cielo.

—¡Por fin! Aquí estás, Jacobo —chilló mamá ratona. ¿Qué andas haciendo en el maizal en esta oscuridad?

De regreso a casa, Jacobo le narró a su mamá todo lo que había aprendido acerca de los murciélagos. Definitivamente, al día siguiente les contaría a sus hermanos sobre Carlo. Al fin y al cabo, ahora tenía un piloto por amigo.

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