Susana, una cebra muy especial

Susana, una cebra muy especial

En una tarde particularmente calurosa, el león Jasper, el suricato Ricardo y la cebra Susana remoloneaban en una colina bajo la sombra de un árbol. Desde allí, tenían una gran vista de la sabana africana.

Dado que la temporada de lluvias estaba por terminar y los arbustos y árboles estaban llenos de hojas verdes, muchos animales se habían estado reuniendo en los abrevaderos durante el día.

Desde su lugar sombreado, los tres amigos disfrutaban observando a los numerosos animales. Los grandes elefantes les parecían especialmente emocionantes, porque generalmente se reunían en el abrevadero y chupaban grandes cantidades de agua con sus largas trompas.

—¡Si esto continúa, el estanque se secará en unos días! —comentó Ricardo, refiriéndose a la alegre actividad.

El león Jasper y la cebra Susana solo escuchaban con una oreja. Estaban demasiado ocupados con su emocionante juego de cartas. Justo cuando Susana estaba a punto de colocar la última carta y jubilosamente anunciar su victoria, un extraño ñu pasó junto a ellos y se detuvo.

—Eres una cebra rara —dijo. Miró a Susana de arriba abajo y resopló.

El suricato Ricardo saltó y se paró frente a Susana.

—¿Quién eres tú y exactamente qué de extraño tiene nuestra amiga?

—¿Acaso no lo ven? —preguntó el ñu a los tres amigos, en cuanto seguía contemplando a Susana con asombro.

Ahora Jasper también se sentó y le preguntó al ñu: «¿Qué es lo que no vemos?». El león Jasper y Ricardo miraron a Susana de arriba abajo y al unísono manifestaron: «No, no vemos nada. ¡No hay nada diferente en Susana!».

Susana se sentía visiblemente incómoda. Jamás la habían examinado de esta forma y nunca nadie había pensado que era rara. Le hubiese gustado haberse escondido detrás de sus amigos o haberse arrastrado detrás del árbol, pero era demasiado tarde.

Ahora, toda la manada de ñus se había detenido a mirarla fijamente. Veían a Susana y murmuraban algo para sí mismos, ojeándose entre ellos extrañados.

El más pequeño y joven de los ñus fue el último en notar a los tres amigos debajo del árbol y alegremente gritó: «¡Miren la cebra debajo del árbol! Solo tiene tres rayas. ¡Nunca antes había visto algo así!».

No hizo falta más. Todos se giraron para ver a la cebra Susana. Ahora, incluso Jasper y Ricardo estaban contando las rayas.

—¡En efecto! —dijo el león Jasper—. Tienes solo tres rayas. Nunca antes le había prestado atención a eso.

Una vez que quedó establecido, dejó de parecer algo particularmente interesante. La manada completa comenzó a moverse y pasó resollando junto a los tres.

Susana hubiese querido esfumarse de golpe, pero eso era imposible. Ricardo sintió la molestia de Susana y correteó a su alrededor.

—¡No importa lo que digan estos ñus! Nunca antes me había fijado en tus rayas. ¡Déjalos que chismeen! —le dijo jovialmente.

—No puedes decirme que no habías visto que tengo solo tres rayas. ¿Por qué nunca me lo dijiste? — le espetó Susana, mirándolo enojada.

Ricardo y Jasper se vieron el uno al otro, negando inocentemente con la cabeza, pero fue demasiado tarde. Susana había bajado la cabeza y salido corriendo.

Ambos estaban muy preocupados por su amiga. «¡Esos mezquinos ñus! ¡Cómo se atreven a venir aquí, así no más, y burlarse de nuestra amiga!», gruñó Jasper furiosamente, pensando en qué era lo mejor que se podía hacer ahora.

A la mañana siguiente, los tres amigos planificaron jugar con otros animales. Ya todos habían empezado a preparar el campo de juego cuando Susana se unió a ellos.

—¡Hola, Susana! ¿Te gustaría jugar en la portería? —preguntó la jirafa.

—¡Claro que sí! —respondió ella con total confianza.

Ricardo y Jasper se vieron entre ellos con mirada interrogativa. Desde lejos, parecía como si Susana tuviese más rayas que el día anterior.

—Parece que todo volvió a la normalidad —señaló el león Jasper a su amigo. —Ahora, los dos también se habían situado en el campo.

La pelota cambió de bando varias veces y los jugadores apenas podían verse entre ellos debido al montón de polvo que habían levantado.

De repente, hubo un fuerte trueno en el cielo. En muy poco tiempo, una copiosa lluvia bañó el campo de juego, pero igual de rápido como vino, se fue. Empapados, todos seguían manteniendo sus posiciones. Susana tenía la pelota bajo su pezuña.

—Susana, ¿qué le pasó a tu pelaje y por qué la pelota ahora es negra? —preguntó el rinoceronte. —Todos se volvieron hacia ella, quien también se veía a sí misma. Estaba parada en un charco de pintura negra y su pelaje estaba moteado y gris.

Ricardo y Jasper se miraron entre sí. «¡Susana se pintó las rayas para parecerse a las demás cebras!», le susurró Ricardo a su amigo.

Ricardo trató de desviar la atención de los otros jugadores hacia él. Susana aprovechó el momento para huir rápidamente y escapar de la mirada de los otros animales.

Al día siguiente, la abuela de Jasper invitó a los tres a comer pastel en su casa. Adoraba recibir visitas y siempre estaba complacida con los invitados que venían hambrientos de tarta.

Jasper y Ricardo ya estaban esperando en la cerca del jardín de la abuela cuando Susana finalmente se les unió. En ese mismo momento, la abuela de Jasper salió de su casa y, bajo el caliente sol de la tarde, les dio la bienvenida a los tres amigos.

—Dime, Susana, ¿por qué estás usando un impermeable con este calor? —preguntó la abuela desconcertada.

Susana le contó sobre la repentina lluvia vespertina del día anterior y dijo que de ahora en adelante siempre usaría uno para estar a seguro.

La abuela de Jasper le aseguró que no había peligro de que lloviese dentro de la casa y tomó su abrigo. Cuando todos estaban sentados a la mesa, Susana se armó de valor y le preguntó a la abuela, quien realmente siempre lo sabía todo, cuántas rayas debería tener una verdadera cebra.

—¿Qué te hace pensar que hay verdaderas cebras? ¿Eso querría decir, a fin de cuentas, que aquellas que tienen mayor o menor cantidad de rayas que otras no son reales? —le respondió ella, mirando las tres deslumbradas caras situadas en su mesa de la cocina mientras iba repartiendo el delicioso pastel por un costado.

Susana le relató a la abuela sobre lo que había sucedido en los últimos días y también acerca del ñu, quien había expresado que Susana era una cebra extraña porque solo tenía tres rayas. La abuela de Jasper sonrió y sacando un viejo álbum de fotos de una caja, dijo: «Voy a mostrarles unos amigos muy especiales que tuve el placer de conocer en mis muchos viajes».

En las fotos, los tres amigos observaron animales que nunca antes habían visto. La abuela les explicó qué animales eran. Así que, a la vista estaban una tortuga, un oso panda y un gran canguro.

—Entonces, ¿notan algo extraño en mis amigos? Qué opinan, ¿se ven raros? —preguntó.

Los tres amigos se miraron y respondieron a coro: «No, se ven lindos y como si ya hubiesen tenido aventuras emocionantes».

La abuela de Jasper asintió con satisfacción.

Les contó que la tortuga se llamaba Patricia, que Patricia era una de sus más antiguas amigas y que el patrón de su caparazón era muy distinto a los caparazones de otras tortugas.

También les dijo que el simpático oso panda se llamaba Li, que tenía una oreja más larga que la otra y que a menudo le caía en la cara cuando corría. Por último, les explicó que el canguro era un canguro hembra al que todos llamaban Donna y que no tenía bolsa. A cambio de ello, siempre llevaba una mochilita al lomo.

Dándole una palmadita en el hombro a Susana, la abuela le narró las emocionantes aventuras de sus amigos.

—No había amigos más valientes que estos tres. Así que no hay bien o mal, verdadero o falso. ¡Eres maravillosa tal como eres, sin importar cuántas rayas tengas!

—¡Te lo dijimos, Susana! —exclamaron el león Jasper y el suricato Ricardo al mismo tiempo. Cundió el alivio y todos disfrutaron del delicioso pastel de la abuela.

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