El gato Leo debe ir al doctor

El gato Leo debe ir al doctor

El día empezaba muy bien para el gato Leo. Holgazaneaba en su amado alféizar de la ventana mientras los primeros rayos de sol iluminaban la sala y anunciaban un bello día primaveral.

«Hora de un delicioso desayuno», pensó Leo. Se estiró y caminó tranquilamente hacia la cocina. Su familia aún dormía. «¡Desayunar siempre solo se está volviendo muy aburrido!», rezongó para sus adentros.

En ese momento, Leo tuvo una idea maravillosa: «¡Sorprenderé a mi familia y les pondré la mesa del desayuno!». Estaba de muy buen humor al empezar.

Con un ágil salto aterrizó en la encimera. Luego abrió las puertas del gabinete y reunió las coloridas tazas, platos y hueveras, y los llevó a la mesa con mucho cuidado.

«Creo que eso es todo lo que suelen tener sobre la mesa. ¡Já, estarán complacidos!», pensó.

Mientras miraba nuevamente su obra, notó que algo faltaba. «¡Ya sé! Unas cuantas flores resolverán el problema. Las flores hacen que todo sea mejor», se dijo. Al menos eso era lo que su familia siempre afirmaba.

Salió corriendo rápidamente al patio a través de la trampilla empotrada y arrancó tres tulipanes. Eran las únicas flores que había en el jardín en esa época del año. Luego volvió a entrar tranquilamente, recordándose a sí mismo no despertar a todos y arruinar la sorpresa.

Convenientemente, el jarrón que Leo necesitaba para las flores ya estaba en el fregadero.

«Simplemente lo llenaré con agua y pondré las flores en él», ronroneó.

El florero lleno de agua pesaba más de lo que Leo imaginaba, pero de algún modo logró colocarlo en el centro de la gran mesa.

«¡Miau! Ahora estoy muy hambriento. Todo lo que resta es poner las flores en el jarrón y luego puedo comenzar a desayunar», reflexionó.

Agarró los tulipanes y, repentinamente, cuando estaba a punto de ponerlos en el florero, un gran abejorro salió volando de uno de ellos zumbando con fuerza.

¡Leo se sobresaltó! No esperaba un abejorro y no tenía mucha experiencia con criaturas que zumbaban. Lo alcanzó con la pata, pero olvidó que estaba parado en medio de la mesa del desayuno bellamente organizada.

Sin querer, tiró un plato y una taza de la mesa, y se destrozaron ruidosamente en el suelo de baldosas. Intentando atraparlo, el gato permanecía parado sobre sus patas traseras sacudiendo sus dos patas delanteras contra el abejorro que zumbaba. El abejorro se impresionó y voló hacia la ventana.

Leo saltó de la mesa para perseguirlo, pero aterrizó sobre los platos rotos, dejando escapar un aullido fuerte y doloroso.

El gato había aterrizado justo sobre un trozo de vidrio roto, el cual ahora estaba enterrado en su pata.

«¡Miau, duele tanto! ¿Qué voy a hacer?», se lamentó Leo, sintiéndose mareado cuando vio aparecer una pequeña gota de sangre.

—¿Qué es todo ese ruido? —gritó el padre de Leo—. ¿Y por qué está todo tan desordenado?

Toda la familia de Leo estaba ahora parada en la cocina. El papá examinó la pata de Leo. Con mucho cuidado sacó el fragmento de vidrio y untó el corte con algo que quemó un poco.

—No se ve tan mal, Leo —dijo, tranquilizando al gato—. Lo arreglaremos y se curará muy pronto. —Lo llevó a su canasta para que descansara.

Leo se acostó, herido y solo, y también bastante hambriento.

«Tenía esta mañana tan bellamente planificada. Se suponía que sería un desayuno familiar perfecto. ¡Qué desastre!  —lloró para sus adentros, y calmándose un poco se dijo—: Bueno, al menos no están enojados conmigo».

Miró y lamió su pata herida una y otra vez, pero ya no le dolía tanto. Escuchó a su familia hablando y levantó sus orejas con curiosidad.

—¡Fue muy lindo de tu parte ponernos la mesa del desayuno! Se ve tan bonita con los tulipanes —le dijo la mamá de Leo a su esposo—. Son iguales a los que están floreciendo en nuestro jardín.

—¡Oh! Pensé que habías sido tú quien la había puesto —respondió, desconcertado. —Estaba ocupado sacando la escoba y la mopa del armario.

—¿Qué estaba haciendo Leo sobre la mesa? Sabe muy bien que no lo tiene permitido —dijo la mamá de Leo—. ¡Y nuestros hermosos platos! Creo que conversaré seriamente con él sobre las reglas. Pero, primero, el doctor tiene que revisarle la pata. Haré una cita ahora.

Al principio, Leo pensó que la charla era bastante divertida, pues su familia no se estaba dando cuenta de que había sido él quien había preparado la mesa como sorpresa. Casi se olvidó del dolor en su pata, pero luego escuchó que tenía que ir al veterinario y su estado de ánimo se agrió.

«¡Quién sabe lo que me hará el doctor! —pensó Leo preocupado. La idea de la próxima cita lo tenía nervioso—. ¡Espero que no me inyecte!», se dijo. El pelo del gato se erizó ante la idea, tal como siempre ocurría cuando algo no le gustaba.

Resopló y pensó que el abejorro era quien debía ir, ¡pues fue quien había empezado todo esto!

Entre tanto, los padres de Leo limpiaron el desorden de la cocina, borrando cualquier rastro del pequeño incidente. Leo estaba a punto de tomar una siesta cuando su familia entró con una caja extraña, indicándole que debía subirse a ella.

«Portador de gatos», lo llamaron. No parecía ocurrírseles que uno pudiese volverse claustrofóbico dentro de tal artilugio.

«¡No me voy a meter ahí! —intentó protestar—. ¡Ya ni siquiera me duele mi pata!». Pero antes de que se diera cuenta, estaba dentro del portador y se dirigían al consultorio del doctor.

Leo siempre se sentía muy incómodo cuando no sabía qué le pasaría.

Y las cosas no es que mejoraron al entrar a la consulta y sentarse en la sala de espera. Se medio consoló al ver algunos compañeros de sufrimiento que parecían ser tan reacios como él a visitar al doctor. Lo expresaron con quejidos silenciosos.

Leo estaba muy nervioso y cuando finalmente fue su turno, prefirió haberse quedado en el miserable portador. Cuidadosamente, lo sacaron y colocaron sobre la mesa. El doctor tenía una voz agradable y charlaba con su familia. Luego, después de algunas caricias, comenzó a examinarlo.

Palpó a Leo, examinó su pata con una gran lupa y le dio el visto bueno.

—No es necesario inyectarlo. La herida es pequeña y solo requiere una limpieza rápida. La vendaremos para que no se ensucie. En unos días, todo quedará en el olvido —dijo.

«Esto no estuvo nada mal —pensó Leo—. De hecho, es bastante agradable aquí. Supongo que estaba nervioso por nada, ¡miau!». Su estado de ánimo mejoró.

Unos minutos más tarde, todos estaban de regreso en el auto y de camino a casa.

—¡Oh, Leo, los líos en los que te metes! Menos mal que hoy es nuestro día libre. No puedo imaginar lo que te hubiera pasado de haber estado solo en casa. ¡Por favor, ten más cuidado la próxima vez! ¡Un gato no tiene nada que hacer encima de la mesa! Ya lo sabes —dijo la madre de Leo mientras le rascaba detrás de las orejas.

Su papá replicó: «¡Lo hiciste muy bien hoy en el consultorio del doctor! Te portaste muy bien».

«¡Pues claro! ¡No soy un gato asustadizo!», ronroneó orgulloso.

Después, el padre de Leo se volvió hacia su esposa y le dijo: «¡Aún no entiendo quién puso la mesa esta mañana!».

Leo sonrió y ansió llegar a casa.

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